Amiga que guardas secretos, compañera de causas perdidas, hermana de campañas agotadoras solo tú debes leer esto, es para ti que escribo estas letras, mi socia inspiradora, mis segundos ojos, mis ventanas al placer.
En las noches mientras escribo pienso en ti, en cada débil pieza que te compone, en tus paticas, tus pequeños tornillos o en las lunas que tienes incrustadas. Agotada me vez, frente a un libro notas como se cierran mis ojos y con ellos tu acción. Ahora que lo pienso, no sé por cuánto tiempo te tendré esclavizada a mis antojos, a mis malos hábitos.
Sin embargo, con el correr de los días más te voy necesitando, más me convierto en tu necesitada. Te apoderas de mi vida, me obligas a salir contigo, presentarte a mis otros amigos, padecer las burlas de ellos porque saben que te trato como mi igual, como si pertenecieras a mi especie. Nadie entiende que te necesito para vivir este mundo real o el ficticio también.
Te consumo y me consumes. El tiempo pasa y necesito más de ti como tú de mí. Tus colores opacos se ensombrecen más y los rasguños no se hacen esperar sobre tu delicado cuerpo, pero aún así no puedo dejar de usarte. Tú eres mi adicción, yo estoy narcotizada de ti.
Debo admitir que has sido de gran ayuda y ese ha sido tu peor error. Gracias a tus servicios tendré que dejarte, tú me has obligado a cambiarte por otra mejor, otra que me permita ver más allá, otra que acabe la ceguera con la que tú contribuiste. Cobardemente, te dejas guardar en el cajón que rara vez abro y que cuando abro es para enterrar a otro objeto como tú.
Nunca podré olvidar el frío y las abominables náuseas que sentí la madrugada de aquel día. Cuando no se tiene por hábito el despertar temprano suele arribar un desagradable pero inevitable malestar. En mi caso un mal de estómago mensajero de un hecho que marcaría algo de lo que llamaré: mi existencia. Como no quiero parecer caótica o quizás dramática comenzaré por decirles que ese día fue mi primer día de escuela, día que, afortunadamente, tuvo un final feliz. Y no, no es que me haya sentido muy cómoda en el aula de clases, la verdad es que sinceramente nunca entré, y ahora que lo pienso, es una de las tantas cosas que tengo que añadir a mi lista de agradecimientos que algún día daré, algún día tendré el valor de decirle a mi hermana: "gracias por rendirse a mi pataleta". Ella me salvó, yo sé, de marcar mi paso por la escuela con un horrible espectáculo de regurgitación.
Sin embargo no siempre padecí de nerviosismo incontrolable, hubo un tiempo en que podía hablar con libertad, antes de los cinco, cuando controlada por la aventura me dejaba llevar por algunas brújulas parlantes que al igual que yo respiraban la magia del juego y nada más. Temía el fin de los tiempos, aunque no de la misma forma que ahora, y hasta me hice creer una teoría en la que infelizmente mis padres estaban a punto de ir al infierno pues como no habían muerto todavía y ya ponían varias velas en el pastel significaba que Dios aún no los perdonaba por todos sus pecados y no los dejaba ir a encontrarse con él. Lloré mucho por eso y quién sabe por cuántas cosas más que me parecían relevantes. Sin embargo, dentro de lo positivo, uno de mis mejores pasatiempos era escuchar a mi madre leer historias que ya no recuerdo, pero que le daban a nuestra relación un cierto matiz de las familias norteamericanas. Y cómo hice para saber que los padres estadounidenses les leen a sus hijos, pues como aprendí muchas cosas de mi vida: viendo televisión.
El último día del último mes en el año que murió Galán nací yo. Ese suceso no marcó la historia de la humanidad ni mucho menos, pero fue un bonito regalo navideño para una familia de cuatro integrantes. Antes del ingreso a una institución educativa gocé de mi infancia sin mayor atadura, el límite era hasta donde mi imaginación pudiera llegar, bailaba con soltura y sin vergüenza y podía darme el lujo de vestirme como quisiera porque con el tiempo aprendí por boca de mi madre que ella me había criado para ser una niña independiente. Cuenta ella que esa decisión la tomó un día cualquiera cuando íbamos para la escuela y ella se quiso despedir de beso a lo que yo hice caso omiso, le agregué que me daba pena con mis compañeros porque sus gafas eran muy grandes y le daban una apariencia no muy agradable. Seguramente si mi inocencia no hubiera sido tan amplia nunca le hubiera dicho eso, pero cometido el pecado ella entendió que yo y ella, a partir de ese momento, tendríamos una separación tan necesaria como cuando las cordales de la boca crecen y deben extraerse para no provocar daños.
Sin embargo, en esta primera parte de mi vida aprendí que cuando los amigos de barrio dejan de ser su centro de diversión y de repente sus actividades pasan a ser tareas y tareas en las que no se encuentra ninguna utilidad, ninguna intención es entonces cuando uno entiende qué es asistir a la escuela.
Del primer año escolar destaco ese salón grande y equipado con todos lo objetos que uno pudiera imaginarse de una casa a pequeña escala y por supuesto debo resaltar los buenos hábitos de unas amiguitas que llevo en el corazón. En lo académico, recuerdo que no recuerdo nada o no mucho porque según la señorita María Audocia no tenía buena memoria, el boletín de notas que años más tarde leí me lo confirmó, no podía grabarme las canciones o lo que sea que me enseñaran. Le sugirieron a mis padres que me dieran medicamentos, pero aunque nunca los tomé un año más tarde pude recordar las letras y los números. Gracias a Dios existen los milagros.Espero que entiendan mi sarcasmo.
En fin, las primeras letras que me obligaron a asimilar, con la cartilla de coquito, fueron las vocales, con ellas de un solo tirón se llenaba el tablero de tiza y de paso los cuadernos de planas. Luego vino la consonante embarazada, la "b", por su barriguita redonda similar a la de una mujer encinta. Por otro lado, la “d” era solo un palo junto a la mitad de un círculo que se ponía al lado izquierdo, y ese fue justamente el otro problema que me prescribieron en kínder, mi mala orientación, pero eso sí no recuerdo haber tenido problemas de escritura.
Para cuando aprendí a leer me encontré con un manojo de reglas que lo hacían todo más complicado, así que desde entonces a cuidar la postura, buscar el sitio ideal, la luz adecuada, situar el texto ni tan lejos ni tan cerca y fue en este embrollo de actividades que un día me gané un golpe de regla por leer con la cartilla puesta de forma vertical. Después de eso no volví a ver a la señora Sara de la misma manera.
Más adelante una profesora nos recomendó que leyéramos cuanto pudiéramos cuando fuéramos por la calle para eso de perfeccionar la lectura, yo hubiera preferido quizás algo de buena literatura infantil. No obstante, pese a todos los esfuerzos de mis maestros, yo no empezaría a leer verdaderamente hasta que vi la segunda película de Harry Potter. Esa fue francamente una revelación, mientras iba en el bus camino a casa no dejaba de recordar las escenas fantásticas y, sin duda, desde mi punto de vista inmejorables. Fue entonces cuando soñé y me dejé llevar por los demonios de mi imaginación, quería estar en ese mundo mágico, quería vivir allí y en medio de esa alucinación no tardé en conseguirme todos los libros de la serie que aunque eran de segunda me sirvieron para vivir en carne propia la historia del niño mago y sus aventuras en Howarts, el colegio de hechicería en el que conocería a sus mejores amigos y a sus peores enemigos. Una primera lectura era necesaria, dos por despejar dudas y tres por el simple placer de recordar. Así iba y venía de mi normal realidad al castillo donde todo era posible, donde una joven que no ha leído más de cien páginas en su vida lee obras de seiscientas o más una y otra vez, eso es para mi la magia de la lectura.
Ahora, en medio de esa odiosa adolescencia una buena historia hace bien, pero me hacía falta algo y un día en medio de una actividad impuesta de creación poética me vino el gusto por escribir, el poema que le dediqué a mi perrita no era el mejor o el más serio y sin embargo me provocó una sed insaciable por plasmas en letras lo que tenía revoloteando adentro. (después de todo para escribir no hay que tener talento, publicar es otra cosa). Así, escribí artículos de opinión que mi profesora se empeñó en llamar ensayos. Me desquité, lo recuerdo en particular, de la presión que ejerce el ICFES en un texto que llamé “El ICFES crea resentidos”. Por vueltas de la vida ese texto terminó en manos de la profesora de español quien luego lo leyó sin mi consentimiento a toda la clase, nunca he estado tan avergonzada en mi vida ni tan agradecida con alguien que no me demandó mi opinión. Ese texto era mi denuncia personal al sistema evaluativo, a esa herramienta de medición del conocimiento que deja de lado los temores y la presión que provoca en el joven y ni qué hablar del azar y las piruetas que realizan algunos colegios o estudiantes para quedar de primeros en la lista de "los más notables del país". Ese tampoco fue un texto destacado, pero me gustó palpar las ventajas de la escritura.
finalmente, los últimos años de mi vida me han llevado a creer que cuando se hace una carrera universitaria cualquier aprecio por la lectura es indispensable para acomodarse a los textos informativos y científicos con los que más tarde uno se tropieza y peor aún cuando el golpe contra el mundo real le comunica que tiene una redacción mal encaminada y una ortografía desastrosa es claro que hay que hacer un doble esfuerzo para dejar en un segundo plano la lectura por el placer y comenzar a divisar el leer para aprender, pero insisto con placer.