La manera como Joan Ferres ejemplifica el contenido del libro es muy didáctica pues se vale de 5 metáforas (la metáfora del navegante, la metáfora de la sintonía, la metáfora del naufragio, la metáfora del conflicto y la metáfora de Ítaca.) para que el lector se haga una idea general de lo que tratará el capítulo y, de cierta manera, que se reduzca el peligro de ambigüedad al finalizar el texto.
De la misma forma, son valiosas las reflexiones que se hacen de las nuevas generaciones como una sociedad no con espectáculos sino del espectáculo. Así las cosas, el individuo es un navegante de ese mar de espectáculos, que no puede prever los vientos que soplan, pero que sí debe conocer la naturaleza, la dirección de esos vientos, tratando de controlar y manejar lo que considere apto para llegar a su puerto. Sin embargo, es verdad que la cultura del espectáculo seduce más que la cultura oficial y que para las personas el referente ya no es la realidad sino la imagen, porque por ejemplo algunos individuos se sienten realizados solamente cuando están a la moda.
En mi concepto, Ferres define acertadamente la cultura del espectáculo de acuerdo a 5 rasgos diferenciales: la potenciación de lo sensorial, de lo narrativo, de lo dinámico, de lo emotivo y de lo sensacional. En esta medida, lo sensorial es un campo fuertemente aplicado por lo audiovisual, mucho más que en la logosfera; lo narrativo, por medio del relato, se ha convertido en un arma muy fuerte para acercar a las personas a los videojuegos, a los espots publicitarios y los medios de comunicación, etc.; el dinamismo es otra pieza clave de esta nueva era, pues la velocidad y la agilidad se han vuelto más recurrentes en el cine, por ejemplo; lo emotivo, por su parte, se ha tornado tan necesario en este mundo porque con lo audiovisual podemos vivir solo con el significante mientras los significados pasan a un segundo plano y finalmente, lo sensacional que atesta el televisor todos los días y que busca por todos los medios llamar la atención, sorprender, impactar cuando la personas cada vez se sorprenden menos.
Por otro lado, estoy de acuerdo en que el deseo de mejorar las concepciones de esta cultura del espectáculo tan preocupada por llenarse de emociones y no de significados es una tarea del docente y por ello éste debe estar en sintonía, pues no puede pedir que el joven sea sereno, busque de vez en cuando el silencio, la abstracción o la reflexión sin que exista un proceso previo que lo invite a notar las evidentes problemáticas que acarrean los excesos.
Es evidente que como dice el autor esta nueva cultura representa modificaciones perceptivas, mentales y actitudinales en las personas, pero que no se debe llegar al extremo que los apocalípticos plantean, pues a pesar de todos estos cambios, (de la hiperestimulación frente a la antigua racionalidad, de la necesidad de concreción en oposición con las anticuadas capacidades de simbolización, de la discontinuidad y simultaneidad en la lectura de imágenes en contraposición del pensamiento continuo y lineal que representa la lectura de la escritura) el ser humano puede maniobrar su destino y hacerlo más fructífero. En síntesis, lo emotivo y lo racional son dos elementos que deben existir para que se logre el equilibrio natural.
En conclusión, para lograr cambios significativos en la forma de vida de las nuevas generaciones es necesario armarse de medios seductores que los alejen del camino fácil hacia el placer, para orientarlos hacia nuevos senderos donde se privilegie el acto de pensar y no solamente la estimulación de la emociones. La idea como bien la plantea el autor es trabajar a partir de lo que el joven es, de las maneras como concibe el mundo y enseñarle a pensar, pero, de ninguna manera, no decirle lo que debe pensar.